ya era un milagro bastante grande.
Miré a Paco y pensé en aquel primer lunes.
Yo saliendo con prisas.
Él sentado en mi felpudo.
Yo creyendo que quería desayuno.
Qué poco sabía yo de los gatos.
Y qué poco sabía de mí mismo.
Paco cerró los ojos y empezó a ronronear.
Un ronroneo bajo, torpe, viejo.
El sonido más parecido a una casa que he oído nunca.
La señora Beltrán me tocó el brazo.
—¿En qué piensa?
Miré a nuestro alrededor.
Al portal pintado.
A los vecinos hablando.
A la