El Gato Gordo Que Llegó a Mi Puerta y Nos Devolvió la Vida

decía que seguro cobraba alquiler en tres portales distintos.

Yo pensaba que simplemente era Paco.

Y con eso bastaba.

Hasta que un domingo de noviembre no quiso levantarse.

Al principio creí que estaba enfadado.

Le puse comida.

No se movió.

Le hablé.

Solo movió un poco la oreja doblada.

—Paco —dije—, no me hagas esto.

Su cuerpo seguía caliente, pero su respiración era rara. Lenta. Pesada.

Sentí algo en el pecho que no había sentido desde hacía años.

Ese miedo seco, sin ruido, que aparece cuando alguien que quieres se