nadie decía nada.
Ahora la señora Beltrán preguntaba.
Antes, si yo volvía del supermercado con dos bolsas pesadas, subía solo.
Ahora siempre aparecía una mano.
Y todo empezó porque un gato con barriga de cojín decidió sentarse encima de mi felpudo.
Pero Paco también tenía sus misterios.
Seguía desapareciendo algunas mañanas.
Volvía con polvo en los bigotes, alguna hoja pegada al lomo y esa mirada de “no hagas preguntas si aprecias tu dignidad”.
La señora Beltrán estaba convencida de que tenía otra familia en la calle de atrás.
Don Ernesto