a una clínica veterinaria del barrio. No era ninguna cadena grande ni nada elegante. Un sitio pequeño, con una puerta blanca, dos sillas de plástico y una señora amable detrás del mostrador.
Lo llevamos en una caja de cartón con una manta.
Paco, que siempre había caminado como un alcalde, iba en silencio.
Yo conduje.
La señora Beltrán iba detrás, con una mano metida en la caja, acariciándole la cabeza.
—Tranquilo, mi rey —le decía—. Ya nos has dado demasiadas órdenes para irte ahora sin permiso.
El veterinario era un