pocas horas, ocurrió algo que nadie esperaba: César Beltrán, el abogado de Álvaro, renunció al caso.
No solo renunció. Comunicó al juzgado que existía una discrepancia grave entre la información que su cliente le había facilitado y la que había autorizado presentar en el procedimiento. No reveló conversaciones protegidas más allá de lo permitido, pero dejó claro que no podía seguir defendiendo una posición patrimonial que consideraba insostenible.
Álvaro contrató a otro abogado y llamó a Ignacio furioso.
Ese error terminó de romper su círculo.
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