En plena audiencia de divorcio, mientras él sonreía convencido de haberme dejado sin nada,

abogada, Inés Montalbán, le había preguntado en voz baja si estaba preparada. Lucía solo respondió que llevaba 2 años preparándose.

Había conocido a Álvaro cuando tenía 24 años, durante una cena benéfica organizada por su abuelo, Eduardo Valverde, en una finca familiar cerca de Segovia. Álvaro era brillante, atento y ambicioso. Recordaba los nombres de todos, hacía preguntas precisas y sabía exactamente cuándo sonreír. Eduardo lo observó durante toda la noche. Cuando Álvaro se alejó para atender una llamada, el anciano se inclinó hacia su nieta.

—Ese hombre admira lo