movimiento.
Se había llevado a Lucía a San Miguel de Allende sin avisar a Diego.
Cuando él la llamó, su suegra respondió tranquilamente:
—La niña está conmigo. Y no voy a permitir que esa sirvienta la convierta en un espectáculo.
—¡Tráeme a mi hija inmediatamente!
—El sábado tendremos la misa por Sofía. Allí entenderás por qué Lucía debe quedarse bajo mi protección.
Diego recibió entonces un mensaje de su abogado.
Había encontrado comprobantes de una escuela privada en el extranjero y dos boletos de avión para el domingo.
Y, junto