“¡Papá, ella tiene mi mismo corazón!”, gritó la hija del millonario al levantar mi brazo frente a 30 invitados. Yo era la empleada de limpieza y llevaba seis años visitando la tumba de mi bebé. Su abuela quiso despedirme inmediatamente. Me quedé callada, anoté la fecha del cumpleaños y pedí una prueba de ADN. Nadie imaginaba quién había preparado aquella mentira. Advertisements

a esos documentos, había algo todavía más inquietante: una solicitud para tramitar una autorización de viaje que Diego jamás había firmado.

PARTE 3

Diego revisó tres veces los documentos que su abogado había encontrado entre los archivos de la computadora familiar.

Los boletos estaban comprados para el domingo a las siete de la mañana. La escuela se encontraba en Suiza y la inscripción del primer semestre ya estaba pagada.

Pero lo que más le preocupó fue aquella solicitud de autorización de viaje.

Al pie del documento aparecía su nombre completo,