que había dejado su hija.
Ahora comprendía que había confundido la ayuda con el control.
Aquella misma noche llamó a Rebeca.
—Sé lo de los boletos y la escuela. Lucía no saldrá del país.
—Estás cometiendo un error terrible, Diego.
—El error fue permitir que decidieras todo por nosotros.
—Yo crié a esa niña mientras tú trabajabas.
—Y te lo agradecí durante dos años. Pero soy su padre. No vuelvas a tomar decisiones a mis espaldas.
Rebeca guardó silencio.
Después respondió con una frialdad escalofriante:
—El sábado, cuando todos conozcan