“¡Papá, ella tiene mi mismo corazón!”, gritó la hija del millonario al levantar mi brazo frente a 30 invitados. Yo era la empleada de limpieza y llevaba seis años visitando la tumba de mi bebé. Su abuela quiso despedirme inmediatamente. Me quedé callada, anoté la fecha del cumpleaños y pedí una prueba de ADN. Nadie imaginaba quién había preparado aquella mentira. Advertisements

la clase de mujer que estás defendiendo, vas a pedirme perdón.

Colgó.

Mientras tanto, Mariana estaba sentada frente a una pequeña tumba en el cementerio de San Juan del Río.

Había llevado un ramo de flores blancas, como hacía cada año.

En la lápida todavía podía leerse:

Valentina Salgado. 14 de octubre. Siempre vivirás en el corazón de mamá.

Mariana acarició aquellas palabras.

—Perdóname, chiquita —susurró—. Durante seis años pensé que eras mi hija.

El viento movió ligeramente las flores.

—No sé cuál era tu nombre verdadero. Tampoco sé si