Luego otra.
Y una tercera.
Sus manos comenzaron a temblar.
—Es ella —susurró—. Mi Valentina está viva.
Diego asintió, incapaz de hablar.
Mariana se cubrió el rostro y lloró.
No solamente por los seis cumpleaños perdidos, sino por las primeras palabras que nunca escuchó, las enfermedades que no pudo cuidar y las noches en que su hija probablemente había necesitado un abrazo.
Cuando consiguió serenarse, Diego le hizo una pregunta.
—¿Quieres verla hoy?
Mariana miró hacia la habitación donde Lucía jugaba.
—Quiero verla todos los días de mi vida. Pero