para guardar silencio.
—Mariana preguntó muchas veces si podía ver a su bebé —dijo llorando—. Yo fui quien le dijo que era mejor no hacerlo. Nunca olvidaré cómo suplicaba.
Mariana bajó la cabeza.
Recordaba perfectamente aquella habitación blanca.
Recordaba haber extendido los brazos buscando a su hija.
Y recordaba a Celia repitiéndole que debía resignarse.
—¿Por qué? —preguntó Mariana, mirando directamente a Rebeca—. ¿Por qué decidió que mi hija valía menos que la suya?
Rebeca respiró profundamente.
Durante unos segundos pareció buscar una explicación convincente.
Finalmente dejó de fingir.
—¡Porque