“¡Papá, ella tiene mi mismo corazón!”, gritó la hija del millonario al levantar mi brazo frente a 30 invitados. Yo era la empleada de limpieza y llevaba seis años visitando la tumba de mi bebé. Su abuela quiso despedirme inmediatamente. Me quedé callada, anoté la fecha del cumpleaños y pedí una prueba de ADN. Nadie imaginaba quién había preparado aquella mentira. Advertisements

pruebas.

Varias personas se apartaron de Rebeca.

Una de las integrantes de la fundación se quitó discretamente el gafete que todavía llevaba prendido en el saco.

La mujer que siempre había sido considerada una benefactora ya no encontraba a nadie dispuesto a defender sus decisiones.

—Lo hice por amor —murmuró Rebeca.

Mariana la observó.

—El amor no necesita robarle un hijo a otra mujer.

Nadie respondió.

Rebeca recogió su bolso y abandonó el salón.

Por primera vez, salió de una reunión familiar sin que nadie la acompañara.

Sin embargo, la