“¡Papá, ella tiene mi mismo corazón!”, gritó la hija del millonario al levantar mi brazo frente a 30 invitados. Yo era la empleada de limpieza y llevaba seis años visitando la tumba de mi bebé. Su abuela quiso despedirme inmediatamente. Me quedé callada, anoté la fecha del cumpleaños y pedí una prueba de ADN. Nadie imaginaba quién había preparado aquella mentira. Advertisements

comenzaron a recuperar algo que ningún dinero podía comprar.

Tiempo.

Meses después, Diego llevó a Mariana y Lucía al cementerio de San Juan del Río.

Tras revisar los documentos y completar los trámites correspondientes, habían conseguido identificar correctamente a la pequeña cuyas cenizas descansaban allí.

La nueva lápida llevaba el nombre que Diego había escogido para recordarla:

Alma Ramírez Villaseñor. Hija de Sofía y Diego. Amada para siempre.

Lucía observó las flores.

—Papá, ¿Alma era mi hermanita?

Diego asintió.

—Era una niña que también formaba parte de nuestra familia.

Lucía