tomó una flor blanca.
—¿Podemos venir a visitarla más veces?
Mariana le acarició el cabello.
—Todas las veces que quieras.
—Entonces vendremos juntos. Porque tú sabes dónde está y papá sabe manejar.
Diego sonrió con los ojos llenos de lágrimas.
Dos años después, Mariana y Diego seguían construyendo una familia distinta a la que habían imaginado.
No habían borrado a Sofía de sus vidas.
Su fotografía permanecía en la sala, y Lucía seguía hablando de ella cada vez que quería.
Mariana jamás intentó ocupar aquel lugar.
Había comprendido que recuperar