a su hija no significaba borrar a la mujer que la había cuidado durante sus primeros años.
Y Diego aprendió que ser padre también significaba reconocer sus errores, escuchar y proteger sin imponer.
Una tarde de octubre, Lucía cumplió ocho años.
Durante la celebración levantó nuevamente su muñeca junto a la de Mariana.
—¡Miren! ¡Todavía tenemos el mismo corazón!
Todos sonrieron.
Mariana la abrazó.
Esta vez no había una abuela intentando separarlas.
No había amenazas.
No había puertas reservadas para empleados ni órdenes de mantenerse alejadas.
Solamente una madre y