sabía que este lugar estaría abierto y al menos Lucía podría comer algo caliente.
Se llevó ambas manos al rostro.
—Soy una madre horrible.
Arturo se inclinó hacia adelante.
—No diga eso.
—Mi hija ha estado durmiendo dentro de un auto.
—Y usted ha estado ahí con ella.
Elena lo miró.
—No ha dejado a su hija. No ha dejado de buscar trabajo. Esta noche tenía dinero para una sola comida y se la dio a ella.
Arturo negó lentamente con la cabeza.
—Eso no es ser una madre horrible.