Elena comenzó a llorar en silencio.
Arturo sintió vergüenza.
No de ella.
De sí mismo.
Mientras aquella mujer peleaba por conseguir una comida para su hija, él llevaba tres años sentado sobre una fortuna sintiendo que el mundo le debía una explicación por su dolor.
Sacó el teléfono.
—¿Qué hace? —preguntó Elena.
—Resolver el problema de esta noche. Llamó a su asistente.
—Necesito una habitación amplia en un hotel cercano. Dos camas. Para esta noche y los próximos días.
Elena abrió mucho los ojos.
—No.
Arturo levantó una mano.
—Espere.