parámetros.
El motor afectado estaba entrando nuevamente en una zona incómoda.
Faltaban 38 minutos.
—Podemos reducir potencia.
Alejandro miró la hora.
—¿Cuánto perderemos?
—Quizá 15 minutos.
—No quiero perderlos.
—Y yo no quiero perder un motor.
La frase fue suficiente.
Alejandro dejó que Marta ajustara otra vez la configuración.
Aquello era lo extraño de aquel día.
Un hombre acostumbrado a dar órdenes a miles de empleados había puesto su vida y la posibilidad de reencontrarse con su hija en manos de una joven que hasta aquella mañana limpiaba el suelo