y una ventana que daba al patio interior.
Sobre la cama habían colocado una colcha blanca cuidadosamente doblada.
Isabel dejó su canasta sobre el suelo y se sentó despacio.
Durante semanas había dormido en establos abandonados, debajo de árboles o en habitaciones prestadas donde apenas se atrevía a cerrar los ojos.
Ahora tenía una cama.
Una puerta que podía cerrar.
Y la promesa de un trabajo honrado.
Sacó el anillo de su dedo y lo sostuvo frente a la luz de la lámpara.
«Tomás», susurró, «creo que finalmente he encontrado