quiero que recuerdes que siempre intenté darte lo mejor que tenía».
Dentro había un pañuelo de seda azul.
Isabel recordaba haber reído, haberlo abrazado y haberle prometido que nunca necesitaría riquezas mientras lo tuviera a su lado.
Ahora, sentada ante un plato de estofado en un pueblo desconocido, comprendió cuánto podía cambiar la vida sin pedir permiso.
Una lágrima cayó sobre el dorso de su mano.
La limpió rápidamente antes de que doña Dolores pudiera verla.
«¿Está bueno el guisado, hija?», preguntó la mujer desde la cocina.
«Está delicioso, señora».