leña.
Y en ciertas ocasiones simplemente aparecía con una sonrisa y una excusa tan mala que Isabel apenas conseguía contener la risa.
«¿Otra vez necesita agua, señor Vargas?», preguntó una tarde, cuando él entró llevando una taza vacía.
«El trabajo da mucha sed».
«Hay un pozo junto a las caballerizas».
«El agua de esta cocina sabe mejor».
Isabel cruzó los brazos.
«El agua viene del mismo pozo».
Diego fingió considerarlo.
«Entonces debe ser la compañía».
Por primera vez, ella sintió que se le encendían las mejillas.
Bajó la mirada hacia