la masa que estaba amasando.
«Será mejor que regrese a trabajar antes de que su padre venga a buscarlo».
Diego se rio suavemente.
«Sí, señora Morales».
Pero antes de marcharse dejó sobre la mesa un pequeño ramo de flores silvestres.
«Las encontré cerca del arroyo».
Isabel observó las flores.
Eran diminutas, de pétalos amarillos y blancos, y parecían demasiado delicadas para sobrevivir en aquellas tierras secas.
«Son bonitas», dijo.
«Pensé que le gustarían».
Cuando Diego salió, Isabel permaneció un momento inmóvil.
Hacía mucho tiempo que nadie le regalaba flores.
Y