la tranquilidad de Los Álamos comenzó a verse amenazada cuando llegó el mes de mayor calor.
La lluvia no aparecía.
El arroyo había quedado reducido a pequeñas charcas.
La hierba se secaba bajo las pezuñas del ganado y los animales comenzaban a perder peso.
Cada mañana, Diego y los peones debían recorrer distancias mayores para encontrar pastos aprovechables.
Una noche, Isabel escuchó una conversación entre padre e hijo.
Estaban en el despacho, con la puerta entreabierta.
«Si no llueve antes de que termine el mes, tendremos que vender parte del