camino».
«Señora, no puedo aceptarlo. Ya he comido bastante».
«Entonces guárdelo para mañana. El hambre tiene la mala costumbre de regresar».
Isabel quiso agradecerle con palabras, pero solamente consiguió abrazarla.
La anciana le palmeó la espalda.
«Ande, hija. A veces Dios abre una puerta donde uno pensaba que solamente había pared».
La carreta comenzó a avanzar por el camino polvoriento.
Durante los primeros minutos, ninguno de los dos habló.
Isabel observaba las extensas llanuras, los mezquites retorcidos por el viento y las montañas que se levantaban a lo lejos, oscuras