alzó una ceja.
Mi hermana pareció adivinar exactamente qué estaba a punto de decir.
—Si terminas esa frase con «molestar a nadie», voy a ir personalmente a golpearte con el yeso.
Me reí.
—Está bien. Acepto la ayuda.
Aquella tarde llamé también a Patricia, mi jefa.
Le expliqué que necesitaba reorganizar algunos proyectos mientras recuperaba movilidad.
Para mi sorpresa, no se molestó.
—Diego, tenemos a tres diseñadores más en el equipo. No tienes que convertir una fractura en una demostración de heroísmo.
Me autorizó a reducir temporalmente mi carga de