en silencio unos segundos.
Después dijo:
—Diego, eres un idiota.
—Qué agradable recibir apoyo de mi familia.
—No por romperte el brazo. Aunque eso también fue bastante absurdo.
—Gracias por la aclaración.
—Eres un idiota porque llevas años creyendo que todo tienes que resolverlo tú solo.
Miré a Valeria, que estaba sentada frente a mí.
Escuchaba la conversación con los brazos cruzados.
—Estoy empezando a comprenderlo —admití.
Lucía suspiró.
—Puedo pasar tres veces por semana. Y mamá lleva días insistiendo en que quiere ayudarte.
—No quiero que…
Me detuve.
Valeria