EL AMOR QUE NO NECESITABA SACRIFICIOS

necesario.

Y, sobre todo, aprendería a pedir ayuda sin esperar a encontrarme desesperado.

Cuando terminamos de hacer llamadas, Valeria tenía una expresión extraña.

—¿Qué pasa? —pregunté.

Ella observó la lista que habíamos preparado.

—Nada.

—No me mientas.

Sonrió tristemente.

—Creo que nunca se me ocurrió que podíamos hacerlo de otra manera.

Me senté junto a ella.

—A mí tampoco.

Valeria deslizó un dedo sobre la hoja.

—Todo este tiempo pensé que, si yo no estaba, no habría nadie que se diera cuenta de lo que necesitabas.

Aquellas palabras me dolieron.