EL AMOR QUE NO NECESITABA SACRIFICIOS

cinco minutos si necesitaba algo.

Ahora lo hacía cada diez.

Considerábamos aquello un progreso considerable.

Aquella mañana, su maleta azul estaba junto a la puerta.

Por primera vez desde que había llegado, estaba completamente llena de sus propias cosas.

La observé durante varios segundos.

Valeria apareció detrás de mí.

—¿Qué miras?

—La famosa maleta.

—¿Qué tiene?

—Creo que finalmente entiendo por qué no la desempacaste durante tantos días.

Ella guardó silencio.

Me volví hacia ella.

—Tenías miedo de quedarte.

Valeria bajó la mirada.

—Y también de irme.

Asentí.

—Lo sé.