EL AMOR QUE NO NECESITABA SACRIFICIOS

Nos quedamos en silencio.

Después le entregué un sobre.

Frunció el ceño.

—¿Qué es?

—Ábrelo.

Dentro había una hoja con una lista de fechas.

Había marcado los fines de semana en los que podríamos visitarnos, dependiendo de sus clases y de mi recuperación.

También había incluido una pequeña fotografía nuestra, tomada en la universidad.

En ella aparecíamos frente a una pizarra llena de fórmulas.

Yo sostenía un examen de estadística con una calificación mediocre.

Valeria señalaba uno de mis errores mientras se reía.

Detrás de la fotografía había escrito:

«Todavía