necesito que me corrijas los cálculos. Pero ya no necesito que sacrifiques tus sueños».
Valeria leyó la frase dos veces.
Después levantó los ojos.
—Voy a llorar.
—Es un documento oficial. Las lágrimas podrían invalidarlo.
Se rio mientras me abrazaba.
Durante varios segundos la sostuve con mi brazo sano.
Entonces escuché su voz junto a mi oído.
—Te quiero, Diego.
Cerré los ojos.
—Yo también te quiero.
Se apartó un poco.
—¿Seguro?
Sonreí.
—Completamente.
Valeria me besó.
Después tomó el asa de la maleta.
Esta vez fui yo quien abrió