EL AMOR QUE NO NECESITABA SACRIFICIOS

la puerta.

Y la acompañé hasta la estación de autobuses.

Cuando anunciaron su salida, ella se volvió hacia mí.

—Prométeme que vas a cuidarte.

—Te lo prometo.

—Y que vas a pedir ayuda cuando la necesites.

—También.

—Y nada de escaleras.

—Ya entendí.

Valeria sonrió.

Pero cuando llegó el momento de despedirnos, su expresión cambió.

Me abrazó con cuidado.

—Tengo miedo —susurró.

Le acaricié el cabello.

—Yo también.

—¿Y si te extraño demasiado?

Sonreí.

—Entonces me llamas.

—¿Y si tú me extrañas demasiado?

—Te llamaré yo.

Se apartó lentamente.

—¿Y