requerían adaptaciones para moverse con seguridad.
De familias que viajaban durante horas para conseguir atención para sus mascotas.
Yo la escuchaba a través de la pantalla.
A veces me llamaba tan cansada que terminaba quedándose dormida mientras hablábamos.
Entonces le mandaba un mensaje.
«Permiso concedido para dormir, señorita Ríos».
Ella respondía a la mañana siguiente:
«Gracias, señor Diego. Su autorización ha sido registrada».
También había días malos.
Una tarde suspendió una evaluación práctica y me llamó llorando.
—Tal vez cometí un error al venir —murmuró.
Sentí el impulso de decirle