inmediatamente que todo estaría bien.
Pero recordé lo que habíamos aprendido.
—¿Quieres que te escuche o que te ayude a pensar qué hacer?
Valeria permaneció en silencio.
Después respondió:
—Que me escuches.
Y la escuché.
Durante casi una hora.
No intenté resolver sus problemas.
No le dije que estaba exagerando.
Simplemente estuve allí.
Al terminar, se limpió las lágrimas y sonrió.
—Gracias.
—No hice nada.
—Exactamente. Por una vez no intentaste hacer nada.
Me reí.
—Estoy aprendiendo de una experta.
Ella negó.
—No. Estamos aprendiendo los dos.
Por mi parte,