EL AMOR QUE NO NECESITABA SACRIFICIOS

agregarlo a mi currículum».

Y aquella noche nos reímos tanto que terminé llorando.

Tres meses después de su partida viajé a Querétaro para visitarla.

Mi brazo había mejorado lo suficiente para hacer el trayecto con comodidad, siguiendo las recomendaciones de mi médico.

Valeria me esperaba cerca de la terminal.

Llevaba unos jeans, una camiseta azul y el cabello suelto.

Cuando me vio, comenzó a correr.

Se detuvo a un paso de mí.

—¿Puedo abrazarte?

Abrí ambos brazos, con cuidado.

—Esta vez creo que sí.

Se lanzó hacia mí.

La abracé.