Y entonces comprendí cuánto la había extrañado.
No por necesitar que me ayudara a vivir.
Sino por la alegría sencilla de tenerla cerca.
Pasamos el fin de semana recorriendo el centro de la ciudad.
Valeria me mostró su habitación.
Sus apuntes.
El pequeño escritorio donde estudiaba.
Las plantas de la terraza, una de las cuales había bautizado Diego porque, según ella, era particularmente difícil de mantener con vida.
También me presentó a sus compañeros.
Por primera vez conocí a personas que la llamaban cuando tenían una duda.
Que admiraban su