EL AMOR QUE NO NECESITABA SACRIFICIOS

grande.

Me detuve.

Ella también.

—Estoy orgulloso de ti, Vale.

Sus ojos se iluminaron.

—¿Aunque ya no pueda cuidarte todos los días?

Sonreí.

—Especialmente porque ahora también estás cuidando de ti.

Valeria se acercó y me besó bajo la luz amarilla de una farola.

Aquella noche entendí que estábamos construyendo algo muy diferente a lo que habíamos tenido durante tantos años.

Ya no éramos dos personas aferrándose una a la otra por miedo a quedarse solas.

Éramos dos personas que podían caminar por separado y, aun así, elegían encontrarse.

Pasaron