Esta vez no hubo ninguna torpeza.
Pero antes de soltarla, la atraje suavemente hacia mí.
—Hay otra cosa que quiero decirte.
—¿Qué?
—Sí, Valeria. Quiero vivir contigo.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—¿De verdad?
—De verdad.
La besé.
Y cuando nos separamos, añadí:
—Aunque tenemos un problema importante.
Frunció el ceño.
—¿Cuál?
Miré su maleta.
—¿Esta vez sí vas a desempacarla?
Valeria se echó a reír.
—Esta vez, sí.
Nos mudamos juntos de manera oficial al mes siguiente.
No fue una escena de película.
No hubo música romántica ni