que era demasiado cobarde para ponerle ese nombre.
Una lágrima descendió por su mejilla.
Entonces hizo algo que no esperaba.
Se levantó y caminó hasta la ventana.
Me quedé sentado, confundido.
—¿Vale?
Ella se limpió las lágrimas.
—No quiero que me digas eso ahora.
Sentí un golpe seco en el pecho.
—¿Por qué?
—Porque estás herido. Porque acabas de descubrir que renuncié a cosas importantes por ti. Porque llevamos varios días viviendo juntos y las emociones están por todas partes.
Se volvió hacia mí.
—He esperado años para escucharte decir