ocurre.
Aquella mañana no hice nada.
Bajé en pijama.
Me serví café.
Me senté junto a la ventana.
A las siete y veinte, Mia bajó corriendo.
—¿Dónde está mi uniforme?
—En tu armario.
—No lo encuentro.
—Busca.
Me miró como si acabara de hablarle en otro idioma.
—Tú siempre lo preparas.
—Hoy no.
Frunció la boca.
—Voy a llegar tarde.
—Entonces date prisa.
—¡Mamá!
Seguí tomando café.
A las siete y veinticinco bajó Daniel.
Llevaba una camisa blanca.
—¿Dónde está la azul?
—No sé.
—Te pregunté ayer.
—Sí.
—¿Y?
Lo