tenía que estar disponible.
Papá podía viajar.
Clara podía aparecer cuando quisiera y ser maravillosa.
Pero mamá tenía que organizar el universo.
—Mia.
Me agaché para quedar a su altura.
—Te quiero.
Me miró con lágrimas.
—Pero querer no significa que siempre haré todo lo que quieras.
—Antes lo hacías.
—Lo sé.
—Entonces hazlo otra vez.
Casi sonreí.
—No.
La palabra la hizo llorar de nuevo.
Daniel frunció el ceño.
—Sofía, ya está.
Me puse de pie.
—Exacto.
Subí a mi habitación.
Aquella noche Daniel entró sin llamar.
Yo estaba