pregunta.
No tropecé.
No me quedé en blanco.
Cuando terminó el programa, todo el equipo aplaudió.
Me reí.
Lloré.
Abracé a personas que apenas conocía.
Mi teléfono estaba lleno de mensajes.
Antiguos compañeros.
Amigas.
Televidentes.
Mi madre.
Mi padre.
Incluso profesores de universidad.
Había uno de Daniel.
【Te vi.】
Después:
【Lo hiciste bien.】
Nada más.
Mia no escribió.
Llegué a casa cerca de medianoche.
Las luces del salón estaban encendidas.
Daniel estaba sentado en el sofá.
—Pensé que dormirías.
—No podía.
Dejé el bolso.
—¿Mia?
—Dormida.
—¿Cenó?
—Sí.
—¿Tarea?
—La