Me fui un mes y, cuando regresé, mi marido y mi hija descubrieron que ya no pensaba seguir rogando por un lugar en mi propia familia

hice con ella.

—Bien.

Daniel me miró.

Esperé.

—Fue difícil.

—¿Qué cosa?

—Todo.

Casi me reí.

—¿Una tarde?

Frunció el ceño.

—No hace falta que seas sarcástica.

—No lo soy.

—No sabía que tenía que firmar una hoja de lectura.

—Todos los miércoles.

—Tampoco sabía dónde guarda las zapatillas de gimnasia.

—Segundo cajón.

—Ni que odia los tomates cocidos.

—Desde los tres años.

Daniel se quedó callado.

—¿Sabes qué fue lo peor?

—¿Qué?

—Me preguntó dónde estabas seis veces.

Sentí algo.

No culpa.

Algo más complejo.

—Está acostumbrada a que