Me fui un mes y, cuando regresé, mi marido y mi hija descubrieron que ya no pensaba seguir rogando por un lugar en mi propia familia

esté.

—Sí.

—Se acostumbrará a que algunas noches no.

—Sofía.

—¿Qué?

—¿No te duele?

Lo miré.

—Muchísimo.

Eso lo sorprendió.

—Entonces ¿por qué…?

—Porque que me duela no significa que esté haciendo algo malo.

Se quedó quieto.

Esa noche fue la primera vez que pareció entender que mi cambio no era una rabieta.

Clara llamó dos días después.

No a Daniel.

A mí.

La sorpresa fue suficiente para que contestara.

—¿Sí?

—Sofía.

Su voz seguía siendo cálida.

Demasiado familiar.

—Vi tu programa.

—Gracias.

—Estuviste muy bien.

—Gracias.

Silencio.

—Quería hablar