Me fui un mes y, cuando regresé, mi marido y mi hija descubrieron que ya no pensaba seguir rogando por un lugar en mi propia familia

por la ventana del estudio.

—Ya no.

—¿Quieres que deje de hablar con él?

—No.

Aquello la sorprendió.

—¿Qué?

—No quiero prohibir nada.

—Entonces…

—Quiero ver qué elige él cuando yo deje de organizarle la elección.

Colgué.

Mia tardó casi un mes en adaptarse a mi trabajo.

La primera semana fue terrible.

Rabietas.

Lágrimas.

Quejas.

—¡Tía Clara me llevaría!

—¡Tía Clara sí tiene tiempo!

—¡Tú ya no me quieres!

La psicóloga del colegio me llamó.

Yo fui.

Daniel también.

La mujer escuchó.

Después hizo una pregunta sencilla:

—¿Quién suele poner