una familia.
Una noche llegué y encontré a Mia dormida sobre él.
Daniel estaba sentado en el sofá, leyendo documentos con una mano.
—Tiene fiebre —susurró.
Me acerqué.
Puse la mano en su frente.
—¿Cuánto?
—Treinta y ocho con uno.
—¿Medicamento?
—A las nueve y cuarenta.
Lo miré.
—¿Dosis?
Me la dijo correctamente.
—¿Llamaste al pediatra?
—Sí.
—¿Qué dijo?
—Vigilar hasta mañana salvo que suba.
Me quedé callada.
Daniel sonrió sin humor.
—Estoy aprendiendo.
—Sí.
—Un poco tarde.
No respondí.
Aquello hizo desaparecer su sonrisa.
—Sofía.
—¿Qué?
—¿Ya es demasiado