tenía.
—Nunca dijiste nada.
—Dije muchas cosas.
Clara se quedó callada.
—Solo que Daniel siempre te explicó que yo era celosa.
Miré a mi marido.
Él palideció.
Ahí estaba otra pieza.
—¿Lo hiciste?
Daniel no mintió.
—Sí.
Asentí lentamente.
Clara pareció darse cuenta de que había dicho demasiado.
—Sofía…
—No pasa nada.
Subí.
Detrás de mí escuché a Daniel decir:
—Clara, vete.
—Daniel.
—No hoy.
La puerta se cerró diez minutos después.
Esa noche no hablamos.
No hacía falta.
Algunas verdades necesitan espacio.
Dos días después Daniel entró al dormitorio