las cortinas de seda dorada, iluminando el gran salón con un resplandor cálido y reconfortante. El lujo frío de la mansión, que durante años había parecido una prisión aristocrática, finalmente comenzaba a sentirse como un verdadero hogar.
Mateo padre levantó a su hijo en brazos y caminó hacia el gran ventanal que daba al jardín de rosas blancas. Por primera vez en años, la sombra del engaño y la avaricia había desaparecido de sus vidas.
—¿Sabes qué día es hoy, campeón? —preguntó el padre, mirando el horizonte dorado.
—Es el