a caminar con andadera. Aprendí a respirar cuando el sonido de una escalera me hacía sudar frío. Marisol, mi fisioterapeuta, era una mujer de Puebla con manos fuertes y cero compasión inútil. —Va a doler —me decía—, pero dolor no siempre significa peligro. La primera vez que me puse de pie, temblé tanto que una enfermera quiso ayudarme a sentarme de nuevo. Marisol la detuvo. —No. Ella puede. Aguanté 12 segundos. Después lloré de rabia. No de alegría. De rabia por tener que celebrar algo que antes hacía sin pensar.
# MI HERMANA ME EMPUJÓ POR LAS ESCALERAS POR LA HERENCIA DE PAPÁ… PERO NO SABÍA QUE EL HOSPITAL AL QUE ME LLEVARON ERA MÍO