acostumbrándose a ser parte de nuestra familia.
Que seguramente ellas todavía extrañaban a su mamá.
No había investigado.
No había preguntado.
Había elegido la explicación más cómoda.
Abracé a mis hijas.
—Escúchenme bien. Nunca voy a enviarlas lejos. Nunca.
Valeria comenzó a llorar contra mi hombro.
Sofía se aferró a mi camisa.
—Ustedes son lo más importante que tengo.
Levanté la vista.
Marisol también lloraba.
—Gracias —le dije—. Gracias por hacer lo que yo debí haber hecho.
—Solo las protegí.
Renata se acercó.
—Alejandro, amor, esto es un malentendido.
Me